Virgen de Guadalupe - Revista Koinonía 2022

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Solemnidad de la Virgen de Guadalupe

Pbro. Lic. Juan José Hernández
Arquidiócesis de México

Como cada año, este día, nos alegramos, y a la vez, nos congratulamos como nación mexicana- al tener como madre e intercesora a la gloriosa Virgen, Santa María de Guadalupe.

Contemplando su sagrada imagen, grabada milagrosamente en la tilma del indio San Juan Diego, podemos observar que ella tiene la cabeza inclinada, mirando hacia abajo, con los ojos entornados. Como quien mira, como quien ve de reojo. En el mundo indígena, esta mirada, significaba no solamente humildad, sino también: afecto, ternura, cariño. Significaba como dice un sacerdote -amigo mío-: “el estar siempre pensando en la persona que se ve de reojo; llevar colgado en el rostro, es decir, en sus ojos y el corazón; a la persona que se tiene en frente”. Significaba además, dignidad, respeto, protección y confianza.

Es verdad, las mamás ocupadas en sus quehaceres, miran continuamente de reojo a su hijo pequeño, con mirada atenta, cuidadosa y llena de amor. Así son los ojos de nuestra virgen morena, ojos, que miran hacia abajo, pero también hacia arriba.

Hacia abajo, -hacia nosotros sus hijos-, para mostrarnos la misericordia del Padre, y de su hijo Jesucristo. De hecho, en la bellísima oración de la Salve, le suplicamos: “vuelve a nosotros, esos tus ojos misericordiosos”. Narra el Nican Mopohua que Juan Diego, convencido de que su tío Bernardino estaba a punto de morir, corrió hacia la Ciudad de México para conseguir un sacerdote que lo auxiliara espiritualmente en sus últimos momentos, y para que no lo detuviera la Reina del cielo, -dice el Nican Mopohua-; rodeó el
cerro del Tepeyac.

Comenta Antonio Valeriano, -autor de esta obra-, que “el humilde San Juan Diego pensaba que por donde cortó vuelta no lo podría ver la que perfectamente a todos lados está mirando, pero, la que por todas partes está mirando, lo vio bajar sobre el cerro y que allí, lo había estado mirando. Le vino a salir al encuentro, a un lado del cerro. Le vino a atajar el paso. En resumen, aquel pobre indito pensó que por el hecho de haber rodeado el cerro, no lo podría ver, la que perfectamente, a todas partes está mirando. Esta última, es una frase muy bella, que parece sugerir que María participa del poder de Dios que todo lo ve, pero también, y sobre todo, que participa del modo de ver atento y compasivo de Dios Padre.

En el libro del Éxodo, Dios dice a Moisés -desde la zarza que ardía sin consumirse-: «he visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus sufrimientos. Voy a bajar para liberarlo del poder de los egipcios, los sacaré de este país, y los llevaré a una tierra nueva y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel» (Ex 3, 7-8). Volviendo a la mirada de reojo que tiene nuestra Virgen de Guadalupe, podemos caer en cuenta que es la misma mirada compasiva del Dios del Éxodo, pero también, es su mirada atenta, servicial y misericordiosa que aparece en las bodas de Caná (Jn 2, 1-12). Por eso, sólo ella se dio cuenta que les faltaba el vino. Un vino, distinto, no el que se bebe y embrutece, sino el vino del amor y la alegría, que hace capaces a los hombres de convivir armoniosamente; viendo el dramático suceso de la falta de vino, intercedió ante su Hijo por los novios que se vieron en apuros (Jn 2, 3).

Desde estas tierras mexicanas la bienaventurada Virgen, Santa María de Guadalupe, nos mira, tal y como Jesús vio a la viuda de Naím que sufría por la pérdida de su hijo joven y único (Lc 7, 11-17). Escribe San Lucas que al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: «No llores» (Lc 7, 13). ¡Oh madre mía de Guadalupe! Vuelve tus ojos atentos y misericordiosos sobre esta tierra mexicana, que ha sufrido y llorado con mayor intensidad –sobre todo en estos últimos días- las consecuencias de la injusticia y la violencia.

Muchos de tus hijos andan confundidos, con miedo, sin rumbo ni destino. La rabia colectiva se manifiesta cometiendo atropellos a la dignidad de las personas. Algunas hijas tuyas gritan equidad e igualdad rompiendo las barreras de la coherencia y la razón, maltratando y violentando lo que con trabajos y esfuerzos se ha mantenido hasta hoy, volcándolo todo en una ola confusa y contradictoria. ¿Y qué decir de la pobreza, de la falta de oportunidades, de la educación y la formación en valores? Vamos sobreviviendo a consecuencia de ideas poco profundas, muy eclécticas, acomodadas sólo a los interés y conveniencias de cada quien; dejando fuera a quienes no coinciden con ellas, etiquetando como añejas y rancias las sanas costumbres, los buenos modales.

La ignorancia y la indiferencia son banderas que se izan con mucha naturalidad, creyendo que es normal o que es culpa de algunos “necios” que frenan el progreso de un porvenir más prometedor. El cinturón de violencia por la que muchos pueblos se ciñen, es completamente increíble, los ríos de sangre que fluyen por las calles y cruces de avenidas, se han vuelto el pan cotidiano de cada día, por ello, ante todo este naufragio de pensamientos y criterios egoístas -muy nocivos, por cierto-, imploramos tu protección; sabemos que tú, Virgen de Guadalupe, a todos lados estás mirando, tus ojos no se han separado de nosotros.

Con esa mirada compasiva, misericordiosa e intercesora, nos haces experimentar tu consuelo y cercanía. Por eso, en este día, aviva nuestra esperanza en el amanecer de un futuro mejor, bajo tu mirada maternal queremos posicionarnos. A los niños, los jóvenes, la familias los enfermos; arrópanos con el dulce mirar de tus ojos. Déjanos entrar en el hueco de tus manos, ahí queremos estar. En esas manos que tienen la posición de una casa, ahí nos queremos quedar, porque creemos y confiamos que si tu mirada se enclava en nosotros y tus manos nos cubren, no sólo estaremos a salvo, sino que él, tu amadísimo Hijo Jesucristo, también nos cuidará y nos mirará. María, Madre mía, después de mirarnos, dulce y compasiva, y de “hacernos casita”, lleva tu mirada al cielo, -sin despegar tus inmaculadas manos, porque no caemos-. Mira, ahora a tu Hijo, y ruégale por nosotros. Míralo con esa intensidad con la que a nosotros nos miras, y pídele que venga a liberarnos.

Funde tu mirada en su noble corazón y pídele que venga en nuestro auxilio. Nosotros, también lo amamos, nosotros, también lo necesitamos. Y después de mirarlo, vuelve a nosotros, esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro, llévanos a Jesús, fruto bendito de tu vientre ¡Oh clemente! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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