REVISTA TEOLÓGICO-PASTORAL

KOINONÍA

Mantenernos
en la esperanza

Domingo XXXIII- Tiempo Ordinario - Ciclo C - Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores

Al acercarnos a la conclusión de este año litúrgico, el mensaje de nuestro Dios nos anima a reconocer que también las realidades últimas están orientadas por la providencia divina y no por el dramatismo ni la psicosis de una destrucción inminente.

Ya en la primera lectura, el profeta Malaquías describe el día del Señor (Ml 3, 19) como una intervención definitiva de Dios, destinada a derrotar el mal y restablecer la justicia, a castigar a los malvados y recompensar a los justos. Igualmente, la página del evangelio que encontramos en este domingo, nos lleva también a enfocarnos, no tanto en las catástrofes que el mismo Jesús profetiza, con respecto al final de los tiempos, ni tampoco en el implacable miedo que puede traer consigo todos estos sucesos; sino, en el medicinal ungüento de esperanza que brotan de los labios de Jesús y que aparecen al final de nuestro texto evangélico: «Si se mantienen firmes, conseguirán la vida» (Lc 21, 19).

La idea de mantenernos firmes, es una exhortación a la permanencia en el amor de Dios, y por tanto no puede ser desvanecida por las típicas expresiones: “Calma, calma. No pasa nada”, “eso no es cierto”, “esto se ha escrito sólo para asustarnos” o algo similar. Asumir esta postura, nos llevaría a un estado arbitrario, a un rotundo extravío, a la total perdición. Más bien, el criterio de mantenernos firmes, ha de ayudarnos a enfocarnos con mayor fuerza en lo meramente apremiante: estar dispuestos y bien preparados para el encuentro definitivo con el Señor. Amando y sirviendo, trabajando con dignidad para obtener el pan cotidiano, y sobre todo, haciendo de nuestra vida un perfecto aroma de santidad que contribuya a conservar intacta nuestra certeza de que el justo juez vendrá y pagará a cada uno según sus obras. Por esto, se entiende entonces, que su exhortación a no tener miedo, sea constante y cobre abundante sentido, pues él, es el primero que habrá de pasar por la prueba amarga de la muerte, para obtener de nuevo la vida con su gloriosa resurrección.

Mantenernos firmes, es lo mismo que estar alerta, vigilando. Disponiendo la vida ante la inminencia de estos acontecimientos, sin embargo, -dice el evangelio- «Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que ocurrir, pero todavía no es el fin» (Lc 21, 9). El cristiano, por tanto, recordando esta divina recomendación, está llamado a vivir en espera orante el regreso de Jesucristo nuestro Salvador, examinando los signos de los tiempos y poniéndose en guardia contra los mesianismos recurrentes que de vez en cuando ofrecen el día exacto y la hora puntual de la destrucción de este mundo y del fin de los tiempos. Ante esos farsantes, ¡Cuidado! Que no sucumba el espíritu firme, ni la certeza en que el Señor vendrá por nosotros, cuando nuestra habitación este perfectamente dispuesta (Jn 14, 2-3).

En realidad, la historia ha llevado su curso, –y lo seguirá llevando-, incluyendo los dramas de la humanidad y las calamidades de la misma naturaleza. Y es que, en esta misma historia se va desarrollando el designio de salvación, que Cristo ha cumplido con su encarnación, muerte y resurrección. Y que el cristianismo sigue anunciando y celebrando con gozosa, y a la vez, ansiosa espera el retorno del divino Redentor.

La observación que Jesús hace: «si se mantienen firmes conseguirán la vida» (Lc 21, 19), no es otra cosa que el ensanchar la confianza y revitalizar el ánimo para aguardar su retorno glorioso. Evitando todo tipo de confusión o distracción que altere nuestro peregrinaje por este mundo. Conservar el templo de nuestra fe, es la prioridad. Ese templo que no se derrumba, si no nos alejamos de las coordenadas del amor de Dios. Jesucristo desea que nuestro templo, o sea, nuestro corazón, se mantenga intacto, firme; de hecho muy bueno sería ponderar nuestra fe en medio de las dificultades por más adversas que sean. Si la fe, en vez de las cosas terrenas, se ponderará, nuestro rumbo sería diferente. Porque el asombro no vendría sólo por la dulce belleza de las cosas, sino por el verdadero sentido por el cual existen, así entonces nuestros intereses y motivaciones serían diferentes. Ya no teniendo por plausible lo terreno, sino lo eterno.

Queridos hermanos, aceptemos la invitación cristológica que en esta celebración eucarística recibimos, afrontemos los acontecimientos cotidianos confiando más plenamente en su amor providente. Que desaparezca el pánico al futuro y sobre todo al final de los tiempos, pues aunque estos puedan parecernos difíciles, oscuros y aterradores, recordemos que el Dios de Jesús –que es también el nuestro-, asumió la historia como propia para conducirla a la trascendencia, pues él es el Alfa y el Omega, el principio y el fin (Ap 1, 18). Y además él nos asegura que en cada pequeño, pero genuino acto de amor, está todo el sentido del universo, y que quien no duda en perder su vida por él, la encontrará en plenitud (Mt 16, 25).

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