REVISTA TEOLÓGICO-PASTORAL

KOINONÍA

La Epifanía del Señor

Ciclo A - Pbro. Lic. Juan José Hernández.

«Levántate y resplandece, Jerusalén, por que ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti» (Is 60, 1). La profecía de Isaías es una declaración concreta de lo que ha acontecido con el misterio de la Encarnación, del Nacimiento y de la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo, y que brilla no sólo en los contornos de Jerusalén, sino que traspasa hasta los confines del orbe entero.

Dios busca revelarse, manifestarse, mostrarse, exhibirse como lo que es: el Ser más cercano y amigable a la humanidad. La Epifanía, del Señor consiste en observar que Dios haciéndose visible, se ha expuesto no sólo a una nación, sino a todos los pueblos de la tierra. Obvio, los primeros conocedores de este gran misterio han sido los judíos, sin embargo, con la manifestación de Cristo, también los que no pertenecemos a la raza predilecta, accedemos a este don, para poder adorar, admirar y aprovechar esta benevolencia de Dios hacia los hombres del mundo entero.

La Epifanía (manifestación) del Señor es un variado misterio, porque no se encapsula en este acontecimiento portentoso de revelarse a los Magos de Oriente, que dejando su tierra, vinieron desde lejos donde el niño Jesús para reconocer en él al más poderoso de los dioses y al más alto de los hombres (Mt 2, 1-12), sino que, podemos observar también otras manifestaciones, igual de asombrosas e importantes, por ejemplo: en el bautismo de Jesús, cuando la Trinidad de Dios se deja ver y oír (Mc 1, 7-11), e igualmente, cuando Jesús, con su admirable proceder en las bodas de Caná, descubre a los presentes su identidad (Jn 2, 1-11). Y qué decir de los sacramentos, sobre todo el de la Eucaristía, ¿no es también una verdadera manifestación de su poder, de su amor y de su augusta presencia?

Santo Tomás de Aquino, al mirar la magnificencia del Señor, tanto en estos maravillosos episodios, como en el sacramento eucarístico; compuso un bello himno llamado “Adoro te devote”, que español quiere decir “te adoro con devoción” y cuyo contenido reconoce que Dios está ahí en la eucaristía, y cada uno de estos acontecimientos concretos, deseando ser comprendido y atesorado por cada hombre y cada mujer, porque en verdad, su presencia fue, es, y sigue siendo una hermosa realidad, que nos anima y nos consuela para continuar descubriendo su amor que es tan grande y que le ha conducido a asumir nuestro lenguaje para poder ser asimilado y comprendido por todo aquel que lo busca con sincero corazón. Es más, echando mano de la dinámica cósmica, procede de forma novedosa para dar a entender a los hombres que su entrada en este mundo no sólo es una proeza, sino que puede hallar justificación desde la ciencia humana.

En la antigüedad, se creía que cuando el firmamento daba señales por el movimiento de los astros, algo realmente prodigioso estaba por suceder. Los Sabios de Oriente, grandes conocedores de las constelaciones, notaron la aparición y el movimiento de una nueva estrella, e interpretaron este fenómeno celestial como anuncio del surgimiento de algo muy importante, como el nacimiento de un rey, y que se relaciona con lo que dice el libro de los Números: «Lo veo, pero no es ahora; lo contemplo pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, de Israel surge un cetro...» (Núm 24, 17). Dios en su pedagogía no busca atrofiar nuestra dialéctica, por el contrario, su amor paterno le mueve a actuar de forma análoga, de tal suerte que no resulte incomprensible su mensaje preparado con delicadeza y dedicación para nuestra salvación.

El ingreso del Hijo de Dios en este mundo, produjo una “revolución”, incluso en el comportamiento sideral, como para atraer la atención tanto de sabios, y de ignorantes. San Juan Crisóstomo afirma que: “Cuando la estrella se situó sobre el Niño, se detuvo; y solo una potencia que los astros no tienen, podía hacer esto: ocultarse, luego aparecer de nuevo, y por último, detenerse”. ¡Cómo no! si esa potencia, precisamente pertenece a la autoridad de Dios. Y que sigue ese mismo método para darse a conocer a sus hijos. Puesto que desde antes de todo, existe, y aunque invisible (oculto), es, está; sabe de lo que nos pasa, lo que nos gusta, lo que nos atemoriza, lo que nos amenaza, lo que nos distrae, lo que nos seduce y daña... y ante tanto dolor e incertidumbre bebido por los hombres; quiso, hacerse visible (aparecer) en Jesucristo, para posteriormente, detenerse, quedarse con nosotros: vivir nuestro mundo, respirar nuestro aire, y desde su condición humana (como la nuestra), comenzar a hacer nuevas todas las cosas (Ap 21, 5).

Por ello, la exhortación que hace Isaías a Jerusalén, cobra gran importancia, porque en realidad, esa indicación es a toda la humanidad que nos dice: levántate y resplandece porque tu luz, que es Cristo, ya está en este mundo y su gloria apunta sobre todos. Gloria que no solo se manifiesta en el movimiento de las constelaciones, sino en la conversión de los corazones, que es su perfecta transformación. Dios, al manifestarse a todos los pueblos, desea un cambio radical en cada uno, cambio que nos conduce a entender que conviene que nuestro ser esté totalmente volcado al sumo Creador del cielo y de la tierra, para saborear de las delicias de la eternidad.

El amor divino exhibido en Cristo, es la ley fundamental de la nueva creación. En él, todo, absolutamente todo queda renovado, florecido, iluminado. Él, la verdadera estrella celestial, vine a exponer su amor con lenguaje apropiado y ejemplo claro, para poder ser seguido por nosotros que de veras buscamos la vida eterna. La manifestación de Dios, consiste entonces en darse a entender, y poner al descubierto los misterios que por tanto tiempo nos quedaban lejos.

En estos días, nosotros comencemos a redescubrir y a convencernos que Dios está más cerca de lo que creemos, que sí su nacimiento ha sido extremadamente asombroso, la gloria de su amor, lo es todavía más, porque hablamos de un amor personificado, no de un amor en general. Él ha dado señas de su existencia, de su presencia, de su amor. Ahora, es momento de corresponder a esas manifestaciones, ofreciéndole el regalo más noble y sencillo, pero esencial para el acceso al cielo, nuestro corazón. Que este sea nuestro humilde presente. Señor, con amor te entrego mi corazón.

“Deus caritas est”.

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