El Bautismo del Señor - Revista Koinonía 2022

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El Bautismo del Señor
Ciclo C

Pbro. Lic. Juan José Hernández
Arquidiócesis de México


Con el Bautismo, y sólo mediante él, Jesucristo el Hijo amado, en quien sólo Dios, se ve perfectamente complacido; regenera y renueva por la acción eficaz del Espíritu Santo, a todo hombre y a toda mujer que lo acoge en su corazón (Tit 3, 4-5).

A punto de concluir las fiestas navideñas, que nos han ayudado a meditar sobre el misterio de la Encarnación y el Nacimiento del Hijo de Dios, la liturgia de este domingo, nos orienta a contemplar el Bautismo del Señor, que a la vez, nos remite a nuestro propio Bautismo.

San Lucas, de manera muy ordenada, nos ha expuesto en el evangelio, las distinciones entre Juan el Bautista y Jesús, así como la diferencia y la calidad de ambos bautismos. Juan: último de los profetas, voz que clama en el desierto, mensajero del Mesías, vestido con piel de camello, ajeno a todo atuendo suntuoso e insensato, bautiza con agua corriente (menciono la palabra corriente, no como un calificativo peyorativo, sino como adjetivo cualitativo); bautiza con agua que corre en el río Jordán, digamos, con agua viva que busca purificar no sólo el cuerpo de la mugre exterior, sino también limpiar la suciedad del corazón, misma que el pecado y la injusticia han propiciado.

Juan el Bautista exhorta ardientemente a la conversión, es decir, a la rectificación del pensar y actuar humano, animando con esto a la praxis de la penitencia, tal y como los israelitas de aquel entonces, confesaban mediante este acto piadoso sus ofensas, para obtener el deseado perdón de sus iniquidades. De esta manera, el tema del bautismo se vincula con el tema de la justicia.

La inmersión en el agua significa la conversión de una vida injusta, a la justicia de Dios. La injusticia que el hombre ha cometido, queda purgada en las aguas bautismales, y en esto, ciertamente consistía y sigue consistiendo el bautismo de agua: en limpiar por medio de la penitencia la conciencia que se ha percudido con los actos indecentes y culposos.

Por otro lado, el mismo Juan, clarificando la idea de aquellos que lo tenían por Mesías, menciona que en efecto, hay Otro más importante y poderoso que él, a quien no es digno de desatarle las sandalias. Él, bautizará con Espíritu Santo y con fuego (Lc 3, 16): Jesucristo, el Señor.

El bautismo de Jesús, supone la efusión del Espíritu Santo y el fuego abrasador con el que arrasará a todo aquel que no sólo con este ritual, sino que se convierta y se esfuerce por «renunciar a su vida sin religión y a los deseos mundanos, para vivir ya desde este mundo en una vida sobria, justa y fiel a Dios» (Tit 2, 12).

Jesús: el Mesías, verdadero y único Hijo de Dios, en quien el Padre se ve complacido, asumiendo la fragilidad de nuestra carne, viene al Bautista para ser introducido en las aguas del Jordán, y no porque fuera pecador o tuviese algo de que pedir perdón, sino más bien, deja ser bautizado para santificar y bendecir el agua con el que todos, libres de sus impurezas, ungidos también por el Espíritu Santo, y abrasados por el fuego curativo de su amor, fuéramos hijos con el Hijo.

El bautismo de fuego o de Espíritu Santo, con el que Jesús bautiza, asume la justicia, y potencia en la persona que lo recibe, no solo el cumplimiento de los mandamientos, sino la comprensión y el enfoque nuevo que de estos emanan. El precepto ético: «no matarás» (Ex 20, 13), con el auxilio del Espíritu de Dios, se traduce en “reconciliación y perdón”.

Así, el cristiano no se moverá en una nebulosa esfera carismática mal entendida, sino en la rectitud de la justicia. La distinción entre «agua» y «Espíritu», entre ética y gratuidad, ilumina también la distinción entre título de «profeta», aplicable a Juan y el de «Mesías» adaptable a Jesús.

El profeta aparece muy apartado de la convivencia del mundo, su porte es discreto, nada fastuoso, su proceder es elocuente, siempre disponible a ser portavoz de la verdad, a ser transmisor de la voluntad de Dios que quiere restaurar y enderezar la convivencia humana. El Mesías, por su parte, aquel a quien el Espíritu Santo ha colmado con su presencia y se ha posado sobre él (Lc 3, 21); tiene la facultad de regenerar, y devolver el estado de gracia que cada hombre tenía al principio de la creación. Con su sacrificio propio, Jesús, devuelve la sanidad al alma que ha sido contaminada por la iniquidad de la maldad. De aquí, entonces, que el bautismo sea considerado como un baño regenerador.

Cristo bautizado, enseña a los hombres el sentido de la limpieza espiritual y de la importancia del estado de gracia que cada uno ha de tener frente a Dios: el Ser más puro y más bondadoso de todo cuanto existe. El bautismo que cada uno recibimos en virtud de Jesucristo el salvador de los hombres, nos conduce también a la conversión, pero sobre todo a la filiación divina. Todo hombre y toda mujer bautizado (a) es hijo (a) por los méritos de Cristo, el Hijo obediente, el Siervo fiel que nos traslada de la enfermedad de la muerte a la sanidad de la vida eterna.

Haciéndonos «coherederos de la vida de gracia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo» (Ef 3, 6). Por ello, es importante celebrar esta fiesta, y también celebrar aquel día glorioso en que nos bautizamos, aquel día, en el que el mismo Espíritu descendió del cielo y se posó en cada uno para que también nosotros con nuestro testimonio seamos: Hijos amados, en quienes el Padre se complace.

Al salir del agua Jesús, –escribe San Lucas-: «se abrió el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él… y del cielo llegó una voz que decía: Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco» (Lc 3, 21-22). Gregorio Nacianceno, autor cristiano del Siglo IV complementando la idea del evangelista, decía: “los cielos se rasgan, los mismos que Adán había cerrado para sí y para toda su descendencia”; en Cristo se abren, para que la carne mortal reciba inmortalidad y acceda a la luz eterna.

Como podemos ver, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo descienden entre los hombres y nos revelan su amor que salva. Si los ángeles llevaron a los pastores el anuncio del nacimiento del Salvador, y la estrella guio a los Magos llegados de Oriente, ahora es la voz misma del Padre la que indica a los hombres la presencia de su Hijo en el mundo e invita a mirar a la resurrección, a la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Por ello, en esta eucaristía es bueno agradecer a Dios la participación que podemos tener en la vida divina de Aquel, que ha querido compartir nuestra condición humana.


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