REVISTA TEOLÓGICO-PASTORAL

KOINONÍA

La autenticidad
de la oración

Domingo XXX - Tiempo Ordinario - Ciclo C - Pbro. Dr. Julio César Saucedo T.

En este domingo seguimos con el tema de la oración. Anteriormente, descubrimos en la parábola de la viuda y el juez inicuo, que ella en su clamar justicia, no pide otra cosa que, se haga la voluntad de Dios; en la que se exalta su humildad en la perseverancia, y teológicamente que, Dios en su bondad atiende la súplica de sus hijos.

Hoy, en el fragmento evangélico es presentada la distorsión de la oración bajo la figura de un fariseo. Para ello, Jesús enuncia una serie de exageraciones en su comportamiento de fe: el fariseo dice ayunar dos veces a la semana, mientras que, el libro del Levítico (16) pedía solamente ayunar una vez al año en el día de la expiación. Dice, además, pagar el diezmo de todo lo que posee, mientras que, la ley mosaica pedía solamente pagar el diezmo de lo que se produce. En esta descripción, tal parece que, el evangelista desea que nos preguntemos el porqué de esta exageración.

La misma trama psicológica de lo que el fariseo dice de sí, muestra inevitablemente un amor deformado por su propio orgullo, bajo el cual, no hay oportunidad ni espacio para Dios; es lo que psicológicamente, se dice del amor narcisista.

Por eso, su oración no es un diálogo con Dios, sino el monólogo narcisista de sí; en el que, los demás son punto de referencia para juzgarlos por sus imperfecciones, otorgándose tácitamente, la excelencia de sí: “no soy como los demás de imperfectos”.

El espejo secreto en nuestro yo
Como la bruja de Blancanieves, todos nosotros tenemos un espejo secreto en el cual deseamos contentar nuestro propio yo, más aún, deseamos que esa voz secreta nos asegure en la perfección de una “imagen perfeccionista” que vamos construyendo para el buen decir de los demás. Queremos vivir en el engaño de lo que cada uno piensa de sí.

Sin embargo, si nos damos cuenta, el fariseo de manera “inconsciente” no soporta su imperfección; de hecho, tiene miedo de equivocarse, tanto es así que por eso exagera. Así, esta imperfección es colocada en los demás para liberarse de lo que en realidad es él: “tampoco soy como ese publicano”.

Quien está obsesionado por su propia “imagen”, la oración pierde su sentido y significado, en el que no hay ningún “nosotros”, sino trágicamente, un asilado “yo”: “Dime cuándo y cómo oras, y te diré quién eres”.

La autenticidad de la oración
Todo lo contrario sucede con el publicano. Él se conoce, y sabe del horror de sus pecados; por eso, agacha la mirada, se queda a lo lejos y se golpea el pecho en señal de arrepentimiento: “Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador”. Se conoce y sabe que Dios lo conoce. Por más que maquillemos nuestra imagen, nada puede escapar de su mirada, sólo Él y nosotros sabemos lo que está detrás de nuestras decisiones.

Es esto lo que suscita una oración genuina, entendida como lo que es: un diálogo; porque eleva su súplica en aquel “apiádate de mí”, aguardando en un silencio humilde, la respuesta misericordiosa de Dios.

El desenlace es bastante paradójico: no es el perfeccionismo lo que nos hace gratos a Dios, sino la humildad de quien reconoce lo que es, y confiesa su propio pecado. Dice el Salmo 33,19: “El Señor es cercano a quien tiene el corazón destrozado”.

Ahí está la diferencia: ser cristianos no consiste en construir una “imagen perfeccionista” de sí mismo, al contrario, es dejar que la gracia de Dios nos vaya haciendo más conformes a la Imagen de Cristo; y el único camino para ello, es la humildad: “todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. 

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