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¿Cuántas veces tengo que perdonar?

Pbro. Lic. Juan José Hernández
Arquidiócesis de México

León Tolstoi (novelista Ruso del siglo XIX), cuenta que las niñas Akutina y Melania jugaban en un charco, cuando Melania tropezó y salpicó el vestido nuevo de su amiga, que comenzó a llorar. Su madre la oyó, y enojada le dio un coscorrón a Melania, que entonces también se puso a llorar. La madre de Melania la oyó, y comenzó a discutir con la madre de Akutina. Los vecinos se aglomeraron y pronto todos estaban gritándose y empujándose. Mientras, Akutina, que había limpiado su vestido, se puso a jugar de nuevo con Melania. Al verlas, una señora dijo a la gente: “Están peleando por causa de estas dos niñas, cuando ellas se han olvidado de todo y juegan. Son más inteligentes que ustedes”[1].

Efectivamente, aquellas niñas no dejaron que un incidente que ya no podía cambiarse arruinara su presente y su futuro. Es cierto que a veces sufrimos situaciones más graves y dolorosas que las de este cuento. Sin embargo, como decía san Juan Pablo II, el rencor es como una herida siempre abierta y sangrante, que se convierte en fuente de venganza y causa de nuevas ruinas[2].

¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano si me ofende? La pregunta de Pedro es sincera y generosa, porque ya se ha orientado hacia la indulgencia. Pero Jesús la integra a un movimiento superior, que trasciende nuestros límites. La plenitud humana –el siete– es llevada más allá, al setenta veces siete de lo inabarcable. El punto de comparación no es el alcance de la bondad humana, sino el de la divina. Y la raíz del perdón no se identifica con el cumplimiento de fórmulas de cortesía, o incluso una deuda efectivamente saldada, aunque ello lo verifique, sino con el corazón del que brota: perdonar de corazón al hermano.

Sólo entonces se vivirá en paz. En la armonía exterior, que restaura fracturas que parecían insuperables. Y en la armonía interior, que despliega nuevas iniciativas en un espíritu sanado del repliegue sobre sí mismo y el apocamiento. El resultado final es la gloria de Dios brillando en sus hijos que alcanzan su perfección en el reflejo noble de su propio amor. Jesús lo sabe. Por eso, deseando nuestra paz y felicidad, nos invita a vivir la experiencia liberadora y sanadora del perdón, siempre y sin interrupción, como dice san Juan Crisóstomo[3]. Dios mismo, que por amor nos ha creado para que fuéramos felices, después que le ofendimos con nuestra desconfianza, no nos trató como merecían nuestras culpas, sino que envió a su Hijo para perdonarnos y rescatarnos de la muerte[4]. Y aunque muchas veces hemos vuelto a fallarle, siempre que hemos acudido a él para pedir su perdón en el sacramento de la Reconciliación, ha perdonado nuestra deuda y nos ha reiterado la invitación a ser felices amándonos unos a otros, como él nos ha amado[5].

“Piensa en tu fin y deja de odiar –dice el Sirácide– … Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”[6]. Todo en esta vida se pasa. Somos peregrinos hacia la patria eterna. No dejemos que el rencor nos encadene ¡Por favor, no permitamos que las cosas malas que nos han herido en el pasado arruinen nuestro presente y echen a perder nuestro futuro!. Perdonemos de corazón a quien nos ha ofendido o lastimado (papás, esposa, esposo, hijos, hermanos, amigos), Demosle un giro a nuestra historia y vivamos la experiencia del perdón. La señal de la Cruz que contemplamos frente a nosotros y por la que nos reconocemos pertenencia del amor divino, es también el imperativo de una existencia en el perdón y la súplica para cumplirla. Lo recordamos y lo actualizamos en la oración dominical, como extensión de que el nombre del Padre sea siempre santificado y que su voluntad se realice tanto en el cielo como en la tierra de nuestra carne: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Perdonar no significa olvidar o negar lo que ha ocurrido. El perdón exige la verdad y la justicia. Dios no niega que con el pecado le ofendemos; sin embargo, nos perdona, nos dice el Papa Francisco que "Dios no se cansa de perdonar, nosotros somos quienes nos cansamos de pedir perdón. Y por nuestro bien nos invita a perdonar a los que nos ofenden ¿Qué es difícil? ¡Claro que lo es! Pero no estamos solos: ¡somos de Cristo!, como recuerda el Apóstol San Pablo en la segunda lectura[7]. Confiemos en él, y con la ayuda de su Espíritu de amor vivamos amándonos y perdonándonos los unos a los otros, como él nos ama y nos perdona a nosotros.

Acerquemonos con filial confianza a Nuestra Madre a quien invocamos como Madre de Misericordia que nos alcance de su Hijo Jesucristo Nuestro Señor la gracia de amar y perdonar como Él nos enseña. Que así sea.

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[1] Melania y Akutina, http://www.temakel.com/rs17tolstoi.htm.
[2] Cf. Mensaje para la XXX Jornada Mundial de la paz, 1997.
[3] Cf. Homiliae in Matthaeum, hom. 61,1.
[4] Cf. Sal 102.
[5] Cf. Aclamación: Jn 13, 34.
[6] Cf. 1ª Lectura: Ecl 27, 33-28,9.
[7] Cf. 2ª Lectura: Rm 14, 7-9.
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