Domingo V Pascua - Revista Koinonía 2022

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V Domingo de Pascua

Pbro. Lic. Marcos Rodríguez Hernández
Rector de la Catedral de Xochimilco

La pandemia ha movido todo nuestro estilo de vida en todos sus ámbitos. El confinamiento total, parcial o nulo que tuvimos en todo el mundo tuvo como consecuencia alejarnos de los espacios de encuentro que nos hacían socializar: parques, restoranes, eventos masivos…

Esto también lo sufrimos a nivel eclesial. Para nadie es desconocido que en la reapertura de estos espacios el último en ser tomado en cuenta era la Iglesia. Los aforos, los cuidados, fueron muy estrictos en los espacios sacros y eso hizo que los templos tuvieran poca asistencia en las celebraciones.

Aunque también hay que reconocer que este fenómeno se ha ido presentando en los últimos años antes de la pandemia. Las comunidades se han visto mermadas de la presencia de las jóvenes generaciones. Y esto ha generado desafíos pastorales que han divido a los expertos. Algunos piensan que hay una pastoral de la conservación, simplemente hay que atender a los que vienen y sobrellevar así la acción pastoral.

Otros buscan innovar la pastoral desde estructuras vanguardistas, que buscan involucrar al fiel en el proceso para transformar y entonces hacer Iglesia. Unos y otros están en lo que ahora llamamos “Nueva evangelización”.

El tiempo pascual nos da la oportunidad de vivir o recordar lo que la Iglesia hizo en sus inicios. La primera lectura nos habla de la labor evangelizadora de Pablo y Bernabé donde pone a la cabeza de la comunidad a presbíteros, que en su significado primario es “anciano”. El anciano posee la sabiduría que le da la vida, que garantiza que lo que ha hecho, vivido y aprendido, puede servir a otras generaciones. El presbítero es el que enseña, y como lo reflexionamos el domingo pasado, el buen pastor que vela por las ovejas del rebaño.

Si bien dejar toda la responsabilidad en una sola persona no es sano, el evangelio nos enseña que el mensaje de Cristo no es exclusivo. Todo aquel que se dice seguidor de Cristo tiene que ser capaz de llevar adelante su mensaje con el testimonio. En esto “reconocerán” que son discípulos míos, en el amor.

El amor cristiano no es altruismo o asistencialismo que busca solo ser un paliativo en las comunidades. El amor tampoco es una fraternidad superficial que busca llevar un plan operativo que no va más allá de una verdadera evangelización. El amor de Jesús es la medida de nuestro amor al prójimo. El texto evangélico de este domingo tiene como contexto la última cena, apenas acabado el lavatorio de los pies. El amor de Jesús es el servicio en el amor al que está a nuestro lado.

Nuestras comunidades solo podrán florecer cuando entendamos que el servicio está a la cabeza de nuestra acción pastoral; no los números, los eventos, las acciones programadas, sino cuando todos nos volvamos “presbíteros” ancianos en la fe, en transmitir lo que Dios ha hecho por nosotros para que el mundo crea.

El libro del apocalipsis muestra la nueva Jerusalén, aquella que han obtenido los que han lavado su túnica con la sangre del cordero, la primera generación cristiana que ante la calamidad de la persecución, persevero. La comunidad que es insignia para nosotros que estamos pasando la calamidad de la pandemia, de la indiferencia, del desafío de “hacer nuevas todas las cosas”.

Pascua es tiempo de renovación. Nos renovamos en la vida nueva que nos ha traído Cristo Resucitado Renueva nuestra mentalidad en el amor que él ha tenido por nosotros. Para que nosotros podamos amar a los hermanos que están en nuestro camino Construyendo no una Iglesia de ensueño, sino una Iglesia de testimonio verdadero. En el amor, la paz y la comunión Que el Resucitado, una vez más, haga nueva todas las cosas. ¡Amén!

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