Domingo IV Pascua - Revista Koinonía 2022

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Domingo del Buen Pastor

Pbro. Lic. Juan José Hernández Flores
Arquidiócesis de México

Cristo siempre es punto de unión, entre Dios y la humanidad; y sólo en él, toda persona queda justificada. Limpia de toda contaminación pecaminosa. Libre de toda atadura. Inmune al imperio lúgubre de la muerte. Absuelta de cualquier maldición. En Cristo, el Cordero inmolado, todo queda restaurado.

La segunda lectura, tomada del libro del Apocalipsis, nos ha introducido en la inédita visión que al apóstol Juan se le ha concedido observar: «una muchedumbre innumerable compuesta por hombres y mujeres de toda raza y lengua» (Ap 7, 9) cuya postura es la de estar de pie delante del Cordero.

De pie, como lo está Jesús resucitado, su Dios y Señor. De pie, para contemplar y bendecir. De pie, la actitud más propia de los seres vivientes: erguidos, levantados, seguros de la gloria recibida. De pie, listos para el encuentro definitivo con Aquel que durante la vida terrena buscaron incesantemente y a quienes él cuidó y alimentó de manera especial.

La multitud congregada entorno a su Señor, es sin duda la aproximación de la masa fermentada por el triunfo de la santidad; sus vestiduras blancas como la nieve, y el porte de la palma en sus manos, acreditan aquel gentío como los que han sufrido y superado la persecución, como los que han librado el combate duro de las pruebas, los que confiados en la voz de Dios, no se dejaron atrapar por las garras de la desquiciante desesperación, sino que guiados por las promesas luminosas del Señor, han esperado, han soportado, han luchado contra las fastidiosas tentaciones, han sido fuertes y valientes y han blanqueado no solo sus túnicas, sino también todo su ser, con la sangre del Cordero (Ap 7,14).

En la visión de San Juan, todos aquellos hombres y mujeres están delante de Dios, porque han sido hallados como trigo santo en medio de tanta maleza asfixiante. Se han encontrado dignos de gozar ahora de la gloria prometida, después de haber sido castigados vilmente con la tiranía de los poderosos, con la crueldad de los soberbios y con la áspera indiferencia de sus hermanos. Después de haber padecido toda inclemencia humana, son considerados merecedores de Dios.

La impactante imagen que presenta el evangelista Mateo sobre el juicio final, es perfectamente complementada con la visión de Juan: las ovejas son apartadas de los cabritos (Mt 25, 32), por ello, purificadas y revestidas de la luz de la resurrección, están delante del Cordero y lo sirven día y noche. Sus ojos, sus voces y sus corazones, se funden en la celestial contemplación de los ángeles, arcángeles, querubines y serafines.

Todos unidos entorno al Señor, formando la bella silueta del rebaño celestial, del redil triunfal. Purificados y enaltecidos por el sacrificio pascual de Jesucristo, el verdadero pastor. El único Señor dador de vida. De hecho, el evangelio de hoy lo acentúa perfectamente. Jesús dirigiéndose a los judíos puntualiza que él es el buen Pastor (Jn 10, 11). Pastor que conoce e identifica a sus ovejas. Pastor que procura a su redil, que lo cuida y hasta infunde en ellas vida eterna, no vida pasajera. Vida inmortal. Vida plena. Vida feliz.

El Pastor supremo: Cristo, Jesús, con su acción salvadora en la cruz es el único que recrea, anima, limpia y une a cada oveja con el rebaño y consigo mismo. Él, es el único que las puede atraer hacia sí, porque ellas conocen su voz, identifican el lenguaje suave y delicado que utiliza para dirigirse a ellas. Ese lenguaje es la paciencia, la comprensión, el perdón y el amor.

Jesús ama a sus ovejas, más aún les abre el pórtico de la eternidad, para que gocen de la gloria que emana de su memorable triunfo sobre el pecado y sobre la muerte. Ama tanto a sus ovejas que al darles la vida celestial por los méritos de su pasión y de su cruz, les garantiza su protección permanente. Las ovejas del Señor «no perecerán jamás» (Jn 10, 28). No morirán por siempre, porque resucitado el Pastor, hay fuerza para traerlas de vuelta a la vida. De pie el Pastor, hay protección garantizada para cada una de ellas, pues él mismo ha dicho a su apóstol Juan: «Ya no sufrirán hambre ni sed, no les quemará el sol, ni les agobiará el calor» (Ap 7, 16), porque el que es Cordero y Pastor las conducirá a las fuentes salubres de la inmortalidad. Donde los incomodas necesidades corporales desaparecen y fluirán solamente las espirituales: alabar, contemplar y bendecir a Dios.

Nosotros, -como en la visión del apóstol- estamos congregados aquí en este santo lugar, con el corazón erguido, con la esperanza enderezada, con la fe levantada. Como verdaderas ovejas somos congregados por el Pastor bueno, que habiendo retomado su vida, después de entregarla para nuestra justificación; quiere conducirnos a las praderas de la vida eterna, donde su sombra refrescante nos resguarda del bochornoso tedio de la vida cotidiana. Y donde el alimento que nos ofrece es su mismo cuerpo y su misma sangre para que comulgándolo experimentemos efectivamente la vida eterna que comienza a transitar por nuestro ser. Pero para que esta vida tenga efecto en nosotros, sólo una cosa es necesaria: reconocernos como miembros de su rebaño y oír su voz. Si oímos su voz, lo amaremos y si lo amamos por sobre todas las cosas, la promesa de la salvación en nosotros comenzará a ser una realidad.

Finalmente los invito a hacer nuestras las palabras de la oración colecta de esta santa misa: “Dios eterno, llévanos a gozar de las alegrías celestiales para que nosotros (tu rebaño) a pesar de nuestras fragilidades, lleguemos a donde ya nos precede nuestro Pastor resucitado”. Amén.

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