Domingo III Pascua - Revista Koinonía 2022

Escribe y colabora con nosotros
para fomentar la espiritualidad diocesana
Koinonía
Una revista desde
la Espiritualidad Diocesana
Vaya al Contenido

"Simón, hijo de Juan: me amas"
Domingo III Pascua
Ciclo C

Pbro. Dr. Julio César Saucedo
Arquidiócesis de México

La experiencia del fracaso está presente en la vida de todo ser humano: está el fracaso profesional, en las relaciones interpersonales, en la vida eclesial y también en nuestra relación con Dios. Somos frágiles y humanos, podemos equivocarnos en la toma de decisiones. Sin embargo, dicha experiencia no debería nunca convertirse en la última palabra: es cierto que podemos errar, pero también lo es el hecho de poder recomenzar. Justamente esto es lo que nos presenta el texto del evangelio de este domingo: la presencia del Hijo Resucitado que nos ayuda a levantarnos de nuestras situaciones de fracaso.

Cuando estamos desilusionados de nosotros mismos, por alguna equivocación, o porque determinadas elecciones no llegaron a buen término como lo habíamos planeado; sobre todo, cuando dejan una herida en nuestra historia personal, la reacción natural es aquella de probar el olvido (evasión). Quisiéramos archivar aquellas experiencias que preferimos no volver a mirar. ¿Será esto lo que quiere Pedro: recomenzar desde su oficio de pescador? El Señor se presentó en el cenáculo, y a pesar de que no hubo ningún reclamo hacia Pedro, es posible que él experimente el fracaso de su amistad con Jesús en la negación que hizo. ¿Cómo puede ser posible salir de esa desilusión en el fracaso?

Y, en ese deseo de querer regresar a ser el mismo de antes (pescador), vemos una comunidad de discípulos que lo sigue en su fracaso; pues desafortunadamente, aquella noche fue estéril en la pesca, infructífera para todos. Dice una frase: «¿Cómo quieres que te olvide, si cuando lo intento, comienzo a recordarte?». No se trata de olvidar la traición al Amigo y al Maestro, al contrario, es la posibilidad de obtener el aprendizaje. Querer olvidar nuestros fracasos, es signar nuestra vida en la posibilidad de volverlos a cometer.

Así, como la primera vez entró Jesús en la vida de Pedro (Lc 5,1), así ahora lo hace en este querer recomenzar. El Señor no es indiferente, él pasa, mira la red vacía e interroga sutilmente: «¿Han pescado algo?». Cuando estamos desanimados no es fácil ver la presencia de Dios en nuestra vida. Estamos concentrados en nuestros errores. He aquí que, Jesús los anima a tirar la red en el sentido correcto: te equivocaste, pero que ese error no sea el estigma que signe tu vida; erraste, pero mira el Señor te dice por dónde hay que trabajar.

«¡Es el Señor!», exclama Juan; y apenas lo oye Pedro, y se tira al mar para encontrarse con Él. ¡Cuánta necesidad hay en el apóstol para ser reconciliado! Así será como quede frente a frente, la miseria y la misericordia: «Pedro: Hijo Juan, ¿me amas (ἀγαπάω – agapáo: el amor desinteresado) más que éstos? –Sí, Señor, tú sabes que te amo (φιλέω – filéo: el amor de amistad, traducido también por el verbo querer)».

El amor de agapáo es una amor alto y único, es el amor que busca el bien del otro; el amor descrito por San Pablo en la 1ª Carta a los Corintios (13,4-8): «El amor es paciente, es amable, no es envidioso, no se jacta ni se engríe, es decoroso, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo perdona. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. El amor no acaba nunca».

Ante este sublime amor, Pedro le responde: «Sí, Señor, tú sabes que te amo (o quiero)». Y esta es la belleza del relato: en el Señor, no sólo Pedro reconcilia su historia, sino que ha sacado el aprendizaje de la negación: ya no serán las palabras las que demuestren el amor al Maestro y Señor, sino su propia vida. Podríamos decir que, la vida de Pedro será la palabra de amor (agapáo) que le dirige a Jesús.

Es la experiencia del perdón de Dios, lo que ha suscitado en este apóstol, a recomenzar su historia, pero en el modo correcto: no sin Él, sino con Él. La herida de la desilusión de sí mismo, ha quedado curada; no en el dolor del reclamo, sino en la compasión de su amor.
Queridos hermanos y hermanas: sólo en el Señor es posible sanar nuestra historia y comprenderla también en una óptica de fe. Esa es ahora la experiencia pascual que, nos prepara a la gracia del Espíritu, quien renueva todas las cosas, incluso nuestras vasijas rotas por la desilusión y el fracaso. El Señor cree en ti y te perdona; pero y tú, ¿te perdonas?

Síguenos en nuestras redes sociales

Copyright / 2022
Provincia de México

Colaboran sacerdotes de:
Diócesis de Xochimilco
Arquidiócesis de México
Koinonía
MENU
Regreso al contenido