Domingo de Pentecostés - Revista Koinonía 2022

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Domingo de Pentecostés

Pbro. Dr. Manuel Valeriano Antonio

Estimados hermanos, en este Domingo de Pentecostés quisiera detenerme en dos ideas a partir de las lecturas que la liturgia nos sugiere tanto en la Vigilia como en la Santa Misa del día.

1.- El Espíritu Santo es la presencia del amor de la Trinidad, es el último don, por decirlo de alguna manera, que Jesús promete a los Apóstoles. Invocado por el mismo Jesús como vivificador, consolador y abogado. Implorado, como hemos escuchado en estos últimos días por labios de San Juan, con ternura y con fuerza.

El Espíritu Santo es la clave de nuestra comprensión de Dios y por lo tanto de nuestra conversión. Él nos enseñará cada cosa, es decir, nos enseñará a creer, a distinguir entre el terreno de la fe y el terreno de la superstición, a amar, a vivir y a cambiar lo que se tenga que mudar. Él es nuestra mirada de la realidad porque nos coloca en la lógica de Dios. De hecho, no se trata de transformar de manera simple la realidad, se trata de cambiar el modo de verla. En otras palabras, no es una cuestión de modificar factores externos, sino de cambiar el corazón, el interior. Por eso, Lucas dice que la presencia del Espíritu es como un terremoto porque nos sacude en lo más profundo y nos obliga a superar nuestras convicciones superficiales.

El Espíritu Santo nos ayuda a colocar cada cosa en su lugar, no solamente, como hemos señalado, exteriormente, sino a poner en orden nuestros pensamientos y nuestros sentimientos. Gracias a la acción del Espíritu Santo nuestra vida se convierte en posibilidad.

2.- En los últimos años, gracias a algunas aplicaciones digitales, las nuevas generaciones han despertado el interés por conocer cómo se verán en diez, veinte o treinta años. A través de un reconocimiento facial se puede saber, incluso, cómo envejece el ser humano. No está por demás señalar el riesgo, en términos de seguridad personal, que genera para los usuarios, pero lo que importa subrayar en este momento es que de alguna manera el futuro nos inquieta. ¿Qué será de mí, de mi familia, de mis amigos…? Si leemos con detenimiento el Evangelio de la Vigilia nos daremos cuenta que Pedro quiere saber sobre el destino de sus amigos y de Juan en particular, sin embargo, Jesús no se lo concede. Y la razón de ello es que como discípulos estamos invitados a caminar y a permanecer suceda lo que suceda.

Contrario a lo que acontece a menudo hoy cuando se vislumbra que el sentido de la vida está en la certeza y la seguridad; da la impresión que sin éstas nuestra existencia se vuelve endeble. Pero las cosas no son así. La Sagrada Escritura es más exigente y más profunda, no se detiene en la certeza y en la aparente estabilidad, sino en el abandono, en la negación de uno mismo y en la confianza total y absoluta en Dios.

En este Domingo de Pentecostés le confiamos al Espíritu Santo nuestra vida, nuestra historia, nuestras elecciones, nuestras familias y a nuestros amigos. Ponemos, bajo su especial protección, tantas vidas que nos son desconocidas y tantos caminos que escapan de nuestras miradas. Que nos ayude a descubrir que el futuro tiene sentido en la medida en que Dios es la meta de cada existencia humana.

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