REVISTA TEOLÓGICO-PASTORAL

KOINONÍA

Conviértanse

3er Domingo del tiempo Ordinario Ciclo A - Pbro. Lic. Adrián Tapia

Domingo día encuentro con la persona de Jesús nuestro Amigo fiel y lo hacemos en el marco de la semana de oración por los cristianos. Hoy seremos alimentados con la palabra de Dios, que nos invita a convertirnos y a mantenernos unidos evitando todo tipo de división.

1ª Lectura Isaías 8,23-9,3
De repente se produce el cambio prodigioso e inesperado: brilla una luz que lo inunda todo de alegría. Es la presencia del Mesías prometido desde la antigüedad que instaura su reinado de amor. Es por tanto el Dios de la paz, de la paz, de la justicia que se hace presente en la historia de una forma eficaz y concreta.

2ª Lectura II Corintios 1,10-17
Esta segunda lectura viene a ser una exhortación a la unidad de la comunidad de Corinto. Las gentes de Cloe, una familia, o una comunidad, se han llegado hasta Éfeso, donde estaba Pablo, y le han informado que la comunidad estaba dividida en “partidos”, en grupos, que se atenían a personajes influyentes: Pedro, Pablo, Apolo; se discute si “yo de Cristo” revela un grupo más, o es una expresión de Pablo para dejar claro que todos los cristianos, al único a quien deben seguir, es a Jesucristo. Pablo no quiere ser el maestro de un grupo específico; él ha engendrado a esta comunidad para que viva en el Señor un misterio de comunión, y como él, todos aquellos que hayan recibido el evangelio de uno u otro predicador. La comunión en la Iglesia es más importante que depender de un maestro de doctrina o espiritual.

3ª Lectura Mateo 4,11-23
Hoy empezamos a escuchar la narración continua de la vida pública de Jesús según el evangelio de san Mateo. Nos presenta una síntesis que incluye los elementos que definen el programa básico de la misión de Jesús: Predica y confirma su enseñanza con obras. «Comenzó Jesús a predicar diciendo: Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos». Convertirse es cambiar la orientación de la propia vida, cambiar de criterios y de corazón, para adecuarlos al plan de Dios y experimentar que Dios reina en nuestras vidas, que nos ama, que está cerca de nosotros. El tiempo que se acerca es el tiempo del evangelio, de la buena nueva, que exige un cambio de mentalidad ¡convertirse! y una confianza absoluta (creer) en el evangelio.

Jesús nunca deja de sorprendernos, ya que no es de importancia menor que la predicación de Jesús empezara en Galilea, «dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún». Es aquí donde comienza a oírse la novedad de la predicación del Reino de Dios, de los cielos, en la que llamaban “Galilea de los gentiles (de los paganos)” era la región de Palestina que estaba más alejada de la práctica religiosa de Israel. Específicamente en los territorios de las tribus de Zabulón y Neftalí, que siempre habían tenido fama de ser una región abierta al paganismo.

Eran tierras de sombras en las que una luz brilló.
Nosotros motivados por el anuncio de la Palabra de Dios de hoy es necesario que la Iglesia regrese a sus orígenes: dirigiéndose a los más alejados, los sobrantes, los descartados, los que viven sumergidos en la oscuridad, en el dolor, en la opresión, en la injusticia. Son hoy las tierras de sombras en las que brille la luz y la práctica de la misericordia.

Un dato interesante encontramos en el concepto de “reino”, pues sabemos que reino “malkut”, en hebreo) no debe entenderse en sentido político directamente. Pero tampoco es algo abstracto como pudiera parecer en primera instancia. Si bien es verdad que no se trata de un concepto espacial ni estático, sino dinámico, entonces debemos deducir que lo que Jesús quiere anunciar con este tiempo nuevo que se acerca es la soberanía de la voluntad salvífica y amorosa de Dios con su pueblo y con todos los hombres. Por eso basileia (griego) o malkut (hebreo) no debería traducirse directamente por “reino”, sino por “reinado”: es algo nuevo que acontece precisamente porque alguien está dispuesto a que sea así.

Dios no será un Dios sin corazón, sin entrañas; o un Dios que no se compadezca de los pobres y afligidos, sino que estará con los que sufren y lloran, aunque no sean cumplidores de los preceptos de la ley y de las tradiciones religiosas ancestrales inhumanas. En definitiva, Dios quiere “reinar” y lo hará como ya los profetas lo habían anunciado, pero incluso con más valentía si cabe.

Pescadores de hombres
Enmarcada entre sus palabras y sus obras, al comienzo de su vida pública, Jesús hace también la llamada a sus primeros discípulos. Desde el mismo momento en que empieza a anunciar la buena noticia de Dios busca colaboradores: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron».

No son ellos los que se constituyen a sí mismos discípulos, sino Jesús quien les llama. No para asimilar una doctrina, ni siquiera para vivir un proyecto de vida, sino para solidarizarse con una persona (“seguidme”).

El atractivo de la llamada de Jesús es tan fuerte que les lleva a un profundo desprendimiento. Rompen lazos sociales, dejan su oficio y medios económicos (redes y barca), y familia (padre) para irse tras él. El seguimiento es un camino. ‘Dejar’ y ‘seguir’ son verbos que indican un desplazamiento de nuestro centro vital. Seguir no es instalarse en un estado ni es simple imitación. Se trata de ir tras las huellas de Jesús y proseguir su causa.

Las coordenadas del discípulo son dos: comunión con el Maestro (“Venid en pos de mí”) e ir hacia el mundo (“os haré pescadores de hombres”). El seguimiento no nos coloca en un espacio separado y sectario; el mundo es el lugar donde ser discípulos y testigos de la buena noticia.

La llamada puede surgir en cualquier lugar. Ningún escenario sagrado, simplemente el paisaje del lago y el fondo de las duras tareas cotidianas. Dios nos llama a seguirle en nuestro entorno ordinario, en el puesto de trabajo, en medio de las tareas diarias…

Ningún cristiano debería rehuir el anhelo evangelizador y misionero, pues la fe cristiana no se limita a adhesión doctrinal, es también conducta y vida marcada por nuestra vinculación a Jesús. Cuidémonos mucho de la tentación de querer ser cristianos sin seguir a Jesús, reduciendo nuestra fe a unas verdades o a un culto.

Pidamos al Señor en este Domingo que nos hemos reunido en la fracción del Pan, en la escucha de la Palabra y en el marco de la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que renovemos nuestra conversión, para implicarnos en la tarea de llevar la alegría y el consuelo del Evangelio a todos, trabajemos por la unidad de quienes creemos en Cristo y pongamos el Evangelio en el centro de nuestras vidas y de nuestras comunidades.

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